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esa situación desesperada lo que más necesitas es un buen
consejo. |
Aconsejar
debería convertirse en la expresión habitual del interés que
tenemos por los demás, por nuestra familia, amigos y conocidos.
El valor del consejo nos hace darnos cuenta de las posibilidades
de mejorar que tienen las personas, transmitiendo ideas que
orienten y faciliten el crecimiento individual de cada una de
ellas en los distintos aspectos de su vida; siempre de persona a
persona, en un ambiente de confianza, sin ofender, ni interferir
en decisiones que no nos corresponden.
Saber aconsejar es un valor necesario para lograr un mejor
entendimiento en la vida familiar; facilitar el trato personal en
la actividad profesional o de estudio; establecer verdaderas y
profundas relaciones de amistad, eliminando todo rastro de
complicidad o indiferencia y superando la superficialidad de
simples encuentros .
Seguramente, a veces sentirás que en tu situación no puedes
aconsejar a nadie: suspendiste 8 materias, llevas un mes llegando
a las 5 de la mañana los fines de semana y no sabes qué carrera
estudiar.
Pero también es seguro que has estado en problemas similares a
los que está pasando tu amiga Fulana o tu amigo Mengano. Ellos
necesitan una mirada desde fuera de esa situación estresante que
los tiene hechos garras por dentro.
El consejo nos ayuda a mejorar nuestra comprensión hacia los demás,
y crecemos en sencillez para aceptar y agradecer los consejos que
recibimos, con el consecuente esfuerzo personal por mejorar.
Es común pensar que los consejos están reservados a
circunstancias de verdadera trascendencia, sin embargo, nos
enfrentamos a situaciones ordinarias en las que es necesario
superar el temor a provocar un malentendido o herir los
sentimientos de los demás. Pensemos en tu hermano a la hora de
comer; el mal aliento de tu amigo… Qué fácil es criticar y
pasar por alto detalles tan insignificantes pero al mismo tiempo
tan evidentes.
Aconsejar supone el riesgo de convertirnos en una señora regañona.
Por eso debemos cuidar no convertirnos en observadores y jueces
permanentes de la conducta ajena.
Para no hacer de nuestro consejo una crítica imprudente, es
necesario analizar y comprender las circunstancias y necesidades
de los demás, aportando la experiencia propia como punto de
partida, pero jamás como la única y posible solución.
Cada vez que hablamos sin ton ni son, lo que catalogamos como
consejo carece de validez porque personalmente no demostramos
interés por mejorar en ese mismo aspecto. Por ejemplo, es fácil
decir como deben hacer su trabajo los demás, y ser inconstante,
irresponsable y desordenado en el propio.
Si deseamos vivir este valor, debemos mostrar interés por ayudar
a los demás a mejorar en esas “pequeñeces”, pues un consejo
oportuno y con rectitud de intención, siempre será apreciado y
comprendido.
Para actuar con prudencia y aprender a dar buenos consejos, podríamos
comenzar por:
* Evita dar tu opinión sobre lo que no te gusta o te parece mal
de los demás. A eso se le llama crítica y demuestra falta de
comprensión.
* Antes de dar un consejo, revisa tu vida y piensa tres
alternativas que ayuden a la persona a mejorar.
* No exhibas a los demás. Procura expresar tu consejo sólo al
interesado, jamás lo hagas en público.
* No olvides que es de suma importancia encontrar el momento
oportuno para expresar tu punto de vista.
* Observa tu actitud al recibir consejos y haz el propósito de
aceptarlos con serenidad. Así serás más sencillo, y creces en
comprensión y delicadeza en el trato con los demás.
Aconsejar es una responsabilidad muy grande, porque cada una de
nuestras palabras puede traer un beneficio o una consecuencia
grave en la vida de quien nos escucha. |
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