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EL
BOSQUE
El bosque
es el refugio de la fantasía, territorio de los miedos y las aventuras
infantiles. Un lugar al que acudimos para jugar a perdernos, donde nos
sentimos a la vez desamparados y protegidos, buscando olvidar los límites
pero dejando un reguero de piedrecitas para que nuestro rastro no se
esfume. Y es el otoño la estación reina para vivir el bosque en todo
su esplendor, sobre todo los de hayas y robles. Ya no hay que buscar en
ellos alivio a los calores del verano. Se trata de disfrutar de los
colores, los olores y el craqueteo de las pisadas sobre esa alfombra
que, como por arte de magia, va haciéndose más mullida sin que las
copas de los árboles dejen de lucir sus hojas de tonos cambiantes.
—La selva de Irati, en Navarra
Ocupa una extensa zona del Pirineo navarro, al norte del macizo de Abodi,
del que arranca el valle de Salazar. El río Irati engrosa las aguas del
Urtxuria (‘aguas blancas’) y Urbeltza (‘aguas negras’),
atraviesa la masa de hayas y se represa en el embalse de Irabia. Aunque
resulta difícil señalar los límites de la selva de Irati, se pueden
englobar en ella los bosques situados en los montes Txangoa, Aezkoa, La
Cuestión e Irati, tanto en la vertiente que da al valle de Salazar como
la que se encuentra en territorio de Francia.
En total, una extensión algo superior a las 12.000 hectáreas, una
superficie arbolada que se cuenta entre las mayores de Europa. El nombre
de "selva" añade ciertas connotaciones de lugar intrincado y
mágico a este territorio al que el otoño convierte en una ondulante
llamarada que trepa por las laderas.
Desde el embalse de Irabia y el monte La Cuestión hacia el este, las
copas afiladas de los abetos sobresalen unos cuantos metros por encima
de la masa encendida de las hayas. La combinación de haya y abeto
blanco de la Reserva Natural de Mendilaz y, sobre todo, de la Reserva
Integral de Lizardoia es casi única. Además, estos espacios, en
especial el monte Zabaleta, se mantienen prácticamente vírgenes
–libres de la explotación forestal que ha sido una constante en otros
bosques desde el siglo XVII– y poblados por ciervos y jabalíes, a los
que las ardillas y los lirones observan desde los árboles.
Hay carreteras que conducen hasta la ermita de las Nieves, excepcional
mirador sobre el embalse de Irabia, y pistas de montaña que permiten
atravesar una parte del bosque. Pero la verdadera sensación radica en
adentrarse en la foresta, caminando entre los brazos de las hayas que
bajan a nuestro encuentro filtrando la luz del sol acogedor del otoño. |