UN ENCUENTRO EN LA NOCHE
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Quico "el pastor" y su esposa Leonarda , compartían su vida de matrimonio en un pueblecito situado en las ásperas tierras de La Mancha, favorecidas por un riachuelo que discurría a través de ellas. Disponían de un terreno en el margen derecho del río, donde cultivaban cereales, viñedo y hortalizas. Junto a él, había un prado donde pastaban los animales que les garantizaban la despensa para todo el año. En un principio vivían desahogadamente, y cuando tuvieron los dos primeros hijos, fruto del amor que compartían, vieron cumplidos sus deseos felizmente. La explotación que tenían, aunque no era muy extensa, cubría las necesidades de la familia. Conforme transcurrían los años iban apareciendo nuevas almas al calor de aquel hogar maravilloso, recibidos con amor infinito y alegría, como la que inundaba la huerta, regada por las aguas cristalinas de aquel río, portador de tantas ilusiones. Quico y Leonarda, se vieron al frente de una familia numerosa de seis mozalbetes de corta edad. Los recursos económicos ya no alcanzaban para cubrir las necesidades. Además también vivía con ellos el abuelo, padre de Leonarda, que había perdido su cónyuge, sumando una boca más en la comunidad. El abuelo, aún estaba de buen uso y ayudaba a Quico en el huerto y atendía a los chicos. Para aumentar los recursos, el pastor pensó hacer algunos trabajos extras: chapuzas de albañilería, fontanería, electricidad y hasta de sacristán para ayudar al cura a oficiar la misa de los domingos, y aunque esto no le reportaba apenas beneficios, al menos estaba más cerca de Dios, según su concepto cristiano. A pesar de lo angosto del camino, nunca perdieron la esperanza de salir adelante, ya que tenían cosas tan fundamentales como una buena administración, con la que superaban todas las dificultades, y sobre todo amor, respeto, armonía, paz y la alegría que aportaba aquella chiquillería que vino al mundo con ilusión. En aquel hogar no había momentos de aburrimiento, especialmente para el abuelo, cuando se le echaban encima los chiquillos para que les contara cuentos o les recitara poesías, cosa que a él también le divertía. Entonces rebuscaba en su mente lo más apropiado y así les decía:
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En casa de los pastores, no echaban de menos las fiestas ya que las tenían constantemente. De vez en cuando el abuelo se llevaba a los chiquillos al huerto, cosa que agradecía Leonarda, y mientras él repasaba la hortaliza, ellos jugaban en el prado con las corderas y los perros. La matanza se consideraba una fiesta en el ambiente familiar. Todos estaban pendientes de la celemina cuando abrían y descuartizaban el cerdo. El abuelo hacía con ella una zambomba e iba al prado con el benjamín de la casa a buscar los juncos, para acompañar a cantar los villancico s de Navidad que ya estaba próxima. Cantarían a la virgen y al niño como cada año en tomo al calor del fuego, desde donde se hacía visible el belén que montaban. , En las largas, frías y a veces blancas noches navideñas, se respiraba y gozaba el amoroso ambiente familiar. ¡Qué pena daba pensar que faltara ese ambiente en algunos lugares del mundo! Frontera a la casa, vivía un matrimonio joven bien acomodado. Manuel y María. No tenían hijos, desconociéndose sus causas. Como estaban libres de cargas familiares y su situación económica era holgada, podían permitirse el lujo de viajar y asistir a fiestas. Había una buena relación con la familia de enfrente y sobre todo entre Leonarda y María, que a veces se confiaban las cosas más íntimas. María desveló a su vecina que no tenían hijos por que Manuel quería disfrutar de los años jóvenes, pero a ella le atraían y los deseaba, mas cuando observaba y veía el ambiente que respiraban en la familia vecina, mientras ellos se aburrían soberanamente. Habían pasado seis años de matrimonio en aquella espera que no acababa de llegar. Al fin, influidos por el ejemplo de los convecinos se decidieron y comenzaron a detectar ese sentimiento que genera la esperanza de tener un hijo. A veces faltan palabras para explicarlo y según pasaban los días iba creciendo en ellos algo que empezaron a vivir hacía mucho tiempo, el amor, y ahora con mas fuerza, motivado por el paso que acababan de dar, de lo cual, Manuel, arrepentido se sentía responsable de no haberle dado antes esa satisfacción a María, porque a pesar de todo la quería. Manuel se dio cuenta que se había
equivocado en los placeres y con ello, perdido los mejores años de su
vida. El tiempo corría y exteriorizaban su alegría, hasta el extremo
que los chiquillos de enfrente ya estaban celebrando la venida de la cigüeña,
que llegaría para Navidad. A Leonarda se le ocurrió que, si para esas
fechas había nacido el niño, tenían que celebrar Nochebuena juntos.
"La niña", dijo María; porque a ella no se le iba la ilusión
de que así fuera. Se aproximó el tiempo estimado, y María dejó de sentir la prisa que tenía el deseado por salir de su aposento, donde tantas veces había puesto Manuel su oído para oírle y su boca para hablarle. |
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para extraerlo. Fue un momento duro, pero mucho más cuando les dijeron que el resultado obtenido obedecía a complicaciones durante el embarazo, que además la dejaba impedida para procrear de nuevo. , Manuel,
no dejaba de echarse las manos a la cabeza desconsoladamente. Aquélla Navidad,
que pensaba que sería feliz, era la más triste de su vida. Corrían los días sumidos en el dolor. María lo asumía con resignación, Manuel no descansaba envuelto en un torbellino de ideas. Empezó a sufrir una depresión progresiva, que pudieron atajar gracias a la intervención del psiquiatra. El día de San Valentín, Manuel tuvo la idea de adoptar un niño, y aún mejor... una niña que era lo que deseaba María. Emocionados con la idea, ambos pusieron en marcha los mecanismos de adopción, tarea que sería difícil y complicada. Entre tanto, los vecinos no dejaban de preguntar sobre la llegada de la cigüeña. Les respondían que se había equivocado de camino y tardaría en llegar y que podría tardar un año o más, pero que al fm llegaría. Llegó de nuevo Navidad y la cigüeña seguía sin venir, pero el día de Reyes recibieron el regalo que Manuel había pedido a San Valentín. Les había sido otorgada una niña, que fue abandonada en un contenedor y recogida por las monjitas. Tenía dos años. Partieron de inmediato a
conocerla, pero al veda se llevaron una gran decepción: La niña era
negra. Sus ojos irradiaban tal inocencia e infundían tanto amor que no
había corazón que se pudiera resistir ante aquella expresión que clamaba
ayuda. A pesar de su color la aceptaron sin reserva, pues ya empezaban a
sentir que aquella criatura inocente, les paliaba el dolor que estaban
sufriendo. Tenía por nombre Consuelo y con los apellidos de sus nuevos padres se llamó Consuelo Paz del Prado. Por fin llegó al pueblo la negrita, y todos la recibieron con agrado, excepto el hijo pequeño de los pastores, Alberto, que se mostró un tanto receloso. Aquella aspereza se le borró pronto porque el abuelo, previsor, cuando de nuevo se aproximaba Navidad llevó a los nietos y a Consuelo a coger juncos al prado para la zambomba que habría de hacer, y tal vez la coincidencia del prado con el apellido de la negrita, o el entorno familiar que ya rezumaba el ambiente de fiesta tan esperada, hiciera cambiar la actitud de Alberto. Al chiquillo se le ocurrió decide a la niña: "Consuelo, el prado de mis papás, es mío y como tú eres prado, también puedes ser mía". La niña sonrió y a partir de entonces estuvieron tan unidos que parecía el presagio de una unión más dilatada. Llegó el día de Nochebuena tan esperada, hecha ya la matanza como de costumbre y todo preparado. Como quedaban atrás promesas incumplidas, Leonarda recordó a María que habrían de celebrar una Nochebuena juntos, y así sería ese año. |
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Aquel día hubo tiempo para todo. Los pastorcitos, como les decían y con ellos Consuelin, ;:recorrieron el pueblo de puerta en puerta "dando pascuas'" tocando la zambomba y la pandereta, siendo recompensados con propinas que depositaban en la hucha. Cuando llegaron a casa de Quico y Leonarda ya era de noche, allí les esperaban junto a Manuel y María.
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